viernes, 22 de enero de 2010

Claudio Magrís y el asedio de Viena




    Con Solimán el Magnífico el Imperio Otomano alcanzó su cenit de poder y esplendor. Quién conquistó Belgrado y puso cerco a Viena, fue además un gran legislador, hábil estratega militar, fino poeta, buen calígrafo y experto joyero, hombre políglota  y amante fiel de su esposa Roxelana hasta el fin de su vida. En uno de sus versos dedicado a la luna, dice que tiene rostro de mujer, que la mira desde su balcón, “girar y girar como los derviches del templo que ungen a los sultanes cuando depositan el suspiro del pueblo sobre sus hombros para reinar”.
   En 1983 en su viaje por el Danubio, llega Claudio Magrís a Viena y se celebra el tricentenario del asedio turco con muchas  exposiciones y actos. En la exposición central se ha recreado el pabellón del Gran Visir Kara Mustafá, el comandante del ejército otomano derrotado por las tropas imperiales de Carlos de Lorena y de rey polaco Juan Sobieski. Entre las veinticinco mil tiendas de su ejército, Kara Mustafá, dispuso baños y fuentes, tiendas para mil quinientas concubinas y varios cientos de eunucos negros.
   La exposición “no quiere enfrentar a vencedores y vencidos y mucho menos a civilización y barbarie, sino sugerir el sentido de la vanidad de la victoria y de la derrota, que se prosiguen e intercambian sus papeles en todos los pueblos. Un visitante occidental puede considerar una fortuna la victoria de aquel 12 de Septiembre que salvó a Viena y a Europa, sin sentirse heredero únicamente de las espadas cristianas y la cruz empuñada por los grandes predicadores que incitaban a defender la fe”. Puede sentirse heredero de una historia unitaria y conflictiva.
    La exposición quiere ser explícitamente diferente de otros aniversarios anteriores. En 1933  Dollfuss exaltaba la derrota turca como bandera de su catolicismo corporativo y autoritario Años después, en un broche conmemorativo nacionalsocialista, la bandera de los turcos derrotados  llevaba, en lugar de la media luna, la estrella de David; los turcos se  identifican con los enemigos, que son ahora los judíos. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando el imperio Hagsburgo y el otomano eran aliados, la prensa y los carteles austriacos exaltaban la fraternidad de armas con sus antiguos enemigos.

    En Estambul, en el recinto de la Gran Mezquita de Solimán el Magnífico, obra de Sinán,  están el mausoleo del poderoso rival de Carlos V, y el de   Roxelana, su muy inteligente y hermosa esposa circasiana.
      A la belleza de las mujeres circasianas, se refiere Claudio Magrís, al llegar a Bulgaria, casi al final de su viaje danubiano:”La proverbial belleza de las mujeres no es negada por los bulgarófilos, pero se destaca su aspecto de sensualidad excitante y casi degradante, cuerpos salvajes y dominadores sobre yacijas de pieles más o menos sucias”.A mediados del siglo XIX el zar ruso acabó con la legendaria libertad de este pueblo del Mar Negro; su dramático éxodo encontró  refugio en Bulgaria, entonces otomana.  Algo mas tarde, su gratitud hacia Turquía le creó enemistades  en un país movilizado por la independencia, y muchas veces la iconografía de la época presenta a los circasianos como un pueblo  “salvaje, bandido, ladrón de caballos, inepto para el trabajo, un perro guardián de los turcos”.





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