sábado, 24 de octubre de 2009

Estatuas en Constantinopla


 
 La  historia de Constantinopla  se remonta al siglo VII a.c. con la fundación de una colonia griega. A finales del siglo II d.c. Séptimo-Severo construyó su hipódromo.
  Constantino decide hacer de la ciudad su capital y emprende grandes obras en las que trabajarán miles de obreros godos. Construye una gran muralla para proteger su lado terrestre; un palacio situado donde hoy está la Mezquita Azul; y un centro urbano estructurado por dos grandes avenidas perpendiculares. La que iba de Oeste a Este sigue articulando hoy al viejo Estambul.
   Constantino, para decorar Constantinopla, saqueará innumerables templos helénicos, hace traer  de todos los rincones del mundo hasta diez mil estatuas de bronce y mármol. En la Calle Media, su principal vía pública, el número era mayor que en cualquier otro lugar del mundo, excepto Roma. En las memorias de Juliano II, escritas por Göre Vidal, cuenta el emperador como de joven, su maestro Mardonio, gran apasionado  por las obras de arte, lo llevaba a pasear por la ciudad para mirarlas y comentarlas.
  En uno de aquellos paseos, en una iglesia cristiana cercana al Hipódromo vieron impotentes como una docena de monjes salían armados con bastones, perseguían y apaleaban a dos ancianos mientras gritaban ¡herejes! ¡herejes!.El incidente conmovió profundamente sus convicciones cristianas. Ahí comienza el proceso crítico  que le llevaría a la apostasía y a una activa resistencia contra el cristianismo en nombre de los valores del helenismo.
   Cuando, tras una larga ausencia, en el año 361, entra en la ciudad como emperador romano,  Constantinopla había crecido mucho. Lo que en su infancia eran campos abiertos eran ahora tumultuosos suburbios. Todo era  nuevo, incluso su población de cerca de un millón de personas contando esclavos y extranjeros.    
  Al comentar su entrada en el Foro de Constantino, Juliano escribirá: “Siempre me conmueve ver la colosal estatua de Constantino en medio del ovalado foro. Nunca me acostumbraré a ella. Sobre una alta columna mi tío colocó una estatua de Apolo, creo que robada de Delos. Luego hizo cortar la cabeza de esta obra maestra y la sustituyó por la propia, una pieza inferior, obra mediocre unida tan mal al cuerpo que puede verse un oscuro collar allí donde se hace la unión. El pueblo llama a este monumento el viejo cuello sucio. Constantino era sumamente ambicioso. Me han dicho que chocheaba por esa estatua y la miraba siempre que era posible; ¡incluso pretendía que el cuerpo de Apolo era el suyo!”

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