domingo, 22 de abril de 2007

Istambul 2003.




La toma de Constantinopla por Mehmed II el Conquistador, es casi contemporánea del Descubrimiento de América, y la conquista de Granada.
Gran cantidad de monumentos bizantinos serán convertidos en mezquitas. Y entre ellos Santa Sofía, que a su vez Atttaturk convertirá en museo. La arquitectura otomana reutiliza los monumentos bizantinos. Cubre de cal o destruye sus mosaicos, añade los minaretes de pequeñísimo diámetro, prodigiosa estilización, verticalidad y altura de hasta ochenta metros. Muy estrecha y fatigosa escalera de caracol sin ventanas ni descansos.
También se añade el muy importante patio porticado, las construcciones adyacentes al templo estricto que albergan mausoleos de sultanes, o las medersas, las escuelas e internados donde se enseñaba el árabe, caligrafía, el Corán. Tal vez a Aristóteles y a Euclides. Nunca a Homero.
El lugar donde se sitúa el musulmán para rezar es el Masyid, que traducido al español es mezquita. En el Islam, el templo no es la Casa de Dios, el Domus Dei. En “Morfogénesis de la mezquita; relación entre espacios y estructura”, insiste Chueca Goitía, en que la mezquita es una simple sala de oración, de retiro para la plegaria en soledad o colectiva. Su interior está vacío, solo hay el mihrab y el muro que indican la dirección de La Meca. El descalzarse para entrar en ella nos será mas comprensible si en casa tenemos la costumbre de andar en calcetines sin zapatillas. En la mezquita no hay sillas, bancos, vemos a veces a gente sentarse en el suelo, en la alfombra. El imán recita o canta la oración, la anima y dirige. El espacio es esférico y sonoro, buena acústica, eco, amplificación.



En invierno hace frío y muchas veces nieva. Los veranos no son muy extremos, las noches son frescas: recuerdan las de primavera en Granada o Córdoba. En Estambul, esperar atentos, dejarse sorprender en la noche por la voz del muicín que recita o canta “a capela”.No expresa la voz, siempre masculina, un desgarrado dolor; pero sugiere la comparación con la saeta.
Europa Extremo Este. Frescor del Bósforo en el viejo Estambul. Tomar un té de manzana en la terraza con árboles de un café, contiguas las tumbas otomanas.
Coger una de esas lanchas que son taxis colectivos: cruzar el Cuerno de Oro con la visión de Estambul, sus cúpulas y minaretes en la luz crepuscular. Tratar de coincidir con las voces de los muicín, que llegan simultáneamente desde varias mezquitas.



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